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EL ESCULTOR DE LOS BARCOS PERDIDOS: FERNANDO BARANZANO Y LA POÉTICA DEL NAUFRAGIO RECICLADO

Hay quienes compran madera nueva, pulida, perfumada de aserradero. Fernando Baranzano, en cambio, prefiere la que ya ha vivido.
Astillas que fueron mueble, tablones que sobrevivieron tormentas, pedazos de electrodomésticos caídos en desgracia.
Donde otros ven basura, él ve historia —y la transforma en embarcaciones que no navegan, pero cuentan.

Desde el 3 hasta el 12 de febrero, el Centro Cultural de La Paloma se convierte en puerto: más de veinte obras realizadas íntegramente con materiales recuperados echan anclas allí, a la espera de miradas curiosas. Son barcos, faros, peces y estructuras marinas nacidas de clavos torcidos, licuadoras muertas y maderas heridas. No hay ni un tornillo que no tenga pasado.

Baranzano no es escultor de formación ni marinero de carrera. Empezó después de los 55 años, cuando decidió que nunca era demasiado tarde para aprender a domar la madera.
Se recibió de carpintero en Don Bosco y lo que comenzó como un hobby terminó, casi sin querer, convertido en oficio.

Pero lo fascinante no es sólo el qué, sino el cómo.
Baranzano maquilla los objetos desechados, pero no los disfraza.
Deja a la vista las grietas, las cicatrices. Su estética no borra el rastro del tiempo: lo subraya.
Sus barcos parecen haber naufragado antes de nacer, y sin embargo flotan en la imaginación como si fueran eternos.

Hay en su obra una ternura tosca, un romanticismo oxidado. Se nota que detrás del escultor hay un niño que creció viendo a su abuelo enderezar clavos con un yunque.
Un hombre que, como los objetos que transforma, no se resigna a ser desechado.
Su colaboración con el escritor Juan Antonio Varese ha dado frutos memorables: piezas hechas para libros sobre faros, naufragios y desastres ambientales, esculturas que prolongan las palabras y les dan cuerpo.
Fue Varese quien lo bautizó “el escultor de los barcos perdidos”, un título que Baranzano recibe con la mezcla justa de humildad y orgullo: “como si el rey Arturo me hubiera nombrado caballero”, dice, entre risas.

Y no es para menos. Porque en un mundo que flota a la deriva, con el consumo desmedido, Baranzano propone una estética del rescate.
Toma lo que se fue al fondo y lo devuelve a la superficie. Nos recuerda que todo tiene una segunda oportunidad: las cosas, los materiales, las personas.

Ir a ver su muestra no es solo visitar una exposición: es visitar una filosofía. Un elogio al tiempo, a la imperfección y a la belleza escondida en lo roto.

La exposición está disponible hasta el 12 de febrero en el Centro Cultural de La Paloma.
Después, los barcos volverán a perderse —hasta que alguien los redescubra.

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